Hallé tu foto en un rincón inesperado de mis cosas.

Un mojón enceguecedor.

La aparté de un golpe, negando su fuerza, intentando olvidar su poder evocador. Me sumergí en la confusión de mis palabras y mis viejos papeles infinitamente interpuestos entre ambos.

Pero no lo hicieron ésta vez; se apartaron, cómplices, y tu imagen penetró, vibrante. Me empujó hacia el teléfono y oprimió mi voz obligándola a salir y a mis manos a abrir puertas y a mis pies a recorrer caminos y a mi mirada sorprenderse frente a tu puerta. Mi piel se azotó contra estériles lágrimas: el muro era infranqueable y el laberinto se había vuelto sórdido.

Pero tu presencia estaba allí y yo lo sabía.

Tu foto era el detonante.

El llamado.

No renunciaría ésta vez. Busqué entre las sombras que tendiste como trampas en mi camino con el hilo conductor de mi pasión convertida en furia. Inútil detener el impulso de mis manos, obedientes a una fuerza acumulada durante años. El objeto, cuya forma y nombre desconoceré para siempre, se instaló entre ellas y ocupó su lugar entre mis dedos. El calor sin atenuantes me dio la certeza de haberte encontrado.

No me cabe duda, mi bien más preciado: estás aquí, perteneciéndome. Sin condiciones ni riesgos mientras el fuego se vuelve tibieza, mientras otras lágrimas estériles acarician ésta muerta piel.

Gustavo Palacios Pilo